domingo, 17 de octubre de 2010

Treinta y Tres Cuentos de Hadas

El interés masivo en el rescate de Los Treinta y Tres de Atacama sugiere muchas cosas: (i) que el morbo de la población es insaciable, (ii) que Chile, más que con el mar, tiene muchas deudas pendientes con su suelo, (iii) que The Truman Show es profética, o, (iv) que unas supuestas fuerzas oscuras del catolocismo conservador orquestaron una tragedia con matices simbólicos, o, (v) que, pese a que Dios en verdad es misterioso, sus caminos torcidos siempre acaban bien. 

Más allá de si una o más de una de las proposiciones es o no fruto del delirio personal o colectivo, el rescate de los mineros, el tremendo despliegue periodístico involucrado, el interés suscitado en el mundo y todo lo demás, vino a poner sobre la mesa, a mi parecer, un punto clave para quien escribe fantasía: la necesidad imperiosa y tan innegablemente humana del final feliz.
Dejando de lado el corrosivo cinismo del mundo contemporáneo, reflejado hasta el cansancio en todos los medios de expresión, muy en el fondo, a todos nos gusta pensar que es posible que las cosas terminen bien. A pesar de que hoy es políticamente correcto, por ejemplo, escribir libros con finales abiertos, que no dejen cabos atados, o que abrirse a la posibilidad que la vida tiene matices (porque de que los tiene, los tiene), cuestionar el absolutismo del Bien (o del Mal), hay una pequeña recámara en nuestro, muchas veces, malogrado corazón, que anhela eso que Tolkien llamara la eucatástrofe: el giro inesperado que se opone a la derrota universal, y que, en el contexto de los cuentos de hadas ha sido tan duramente cuestionado por la aparente realidad. Cada uno de esos hombres es un golpe en la cara al pesimismo del mundo de hoy, y eso la gente común lo sabe. Por eso, se pegó como mosca a la pantalla del televisor. Estamos ávidos de grandes alegrías. Que lástima, eso si, que no seamos capaces de buscarlas en otro sitio que no sea la caja maldita. Hay mucho en la vida por lo cual sentirnos menos miserables.

2 comentarios:

Kensan_x dijo...

Nunca había leído el concepto de "Eucatastrofe".
Respecto a lo que dices, depende de la óptica con que se mire. Si aceptamos la existencia del bien y el mal como inherentes a nuestra especie, o como algo que hemos creado nosotros mismos. Lo que quiero decir es que, como se hace en ciertas culturas, nos alejamos de estos conceptos, no existe en verdad algo realmente bueno o malo, sino más bien una determinada existencia que por diversos motivos llegó a tomar unas cuantas "malas" decisiones. O sea los finales felices si existen, pero depende de la persona y como interprete ese momento en particular. No hay un mismo final feliz para todos.
Y comparto tu último punto. La gente se refugia en la TV buscando lo que muchas veces es incapaz de recrear en su vida, sencillamente porque no sabe que puede hacerlo. Que puede lograrlo todo si realmente cree en ello.

Lakensis Lossarnach dijo...

Yo tampoco había oído sobre la "eucatástrofe". Me gustó mucho su planteamiento; algo debe tener que ver el pasado bélico de Tolkien para haberle llevado a sostener este "final feliz" de su obra mayor en un contexto en donde todo se veía sombrío y desesperanzado.

Me gustó muchísimo la entrada, sobre todo por el giro que le das a un tema ya completamente saturado, siendo fiel a tus intereses.

A mi parecer, creo que el "final abierto" también podría considerarse en ciertos casos como "final feliz", y viceversa. Mal que mal, supone trazar el límite del relato en determinado punto, dejando toda la zona que va más allá bajo un velo que puede ocultar tanto lo dichoso como lo ominoso.

En cierta forma, y si bien me encantan los "finales felices" -sobre todo aquellos que supusieron un enorme sacrificio o un largo viaje antes de llegar a ese estado-, creo que prefiero la incertidumbre de no saber qué deja en terreno incógnito la frontera que marca la última página de un libro. Hay algo de sublime en esta incertidumbre, pero no sé qué es. Volviendo a los mineros, podría identificarse con el ruego silencioso de casi todo un país por el destino de los 33, cuando no se sabía si estaban vivos, muertos o heridos, cuando los días pasaban y pasaban y las máquinas no podían dar con ellos.

La esperanza de casi todos era que estuviesen a salvo. La realidad les concedió ese deseo. Quisiera creer que lo que hacemos en ese espacio de incertidumbre es lo que marca de alguna manera el desenlace. A lo mejor soy demasiado estúpida y cursi... o El Principito caló demasiado hondo en mí XD.