Un homúnculo se crea con tierra del patíbulo y esperma de algún condenado. Primero, el alquimista prepara un útero de barro con suelo no consagrado, y después descompone de su muestra el material humano, para tomar de ella sólo lo que es esencial. Discrimina con cuidado los componentes, de tal manera que la criatura sea siempre un ser humano incompleto, condenado a servir a los hombres. Y allí donde falta el huevo de la madre, el artesano introduce una semilla de mandrágora. Entonces, reordena las cadenas de existencia de la planta y el hombre, y las combina para que formen un nuevo sintagma. El proceso dura dos tercios de la gestación de un ser humano, y no es muy complicado. No hasta que la criatura nace y comienza a preguntar por su padre. El alquimista nunca es el progenitor. Su papel es más como el del hechicero necrófago, que intenta reanimar lo destinado a dormirse. A diferencia del golem, el homúnculo es inteligente y, en muchos respectos, superior al ser humano. Sin embargo, es ambiguo en su estructura, pues su alma ha sido introducida a la fuerza en una entidad corpórea que no está preparada para recibirla. Con todo, hay en él un indeleble rastro de humanidad. El homúnculo tiene una sed imperiosa por sus orígenes, y no descansará hasta encontrarlos. Tampoco tiene un nombre primigenio. Por eso, sólo obedece a sí mismo, al menos hasta el momento en que es bautizado y sometido a los deseos y proyectos de aquel que lo rescató de entre los muertos.

