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sábado, 23 de octubre de 2010

Homunculo

Un homúnculo se crea con tierra del patíbulo y esperma de algún condenado. Primero, el alquimista prepara un útero de barro con suelo no consagrado, y después descompone de su muestra el material humano, para tomar de ella sólo lo  que es esencial. Discrimina con cuidado los componentes, de tal manera que la criatura sea siempre un ser humano incompleto, condenado a servir a los hombres. Y allí donde falta el huevo de la madre, el artesano introduce una semilla de mandrágora. Entonces, reordena las cadenas de existencia de la planta y el hombre, y las combina para que formen un nuevo sintagma. El proceso dura dos tercios de la gestación de un ser humano, y no es muy complicado. No hasta que la criatura nace y comienza a preguntar por su padre.
El alquimista nunca es el progenitor. Su papel es más como el del hechicero necrófago, que intenta reanimar lo destinado a dormirse. A diferencia del golem, el homúnculo es inteligente y, en muchos respectos, superior al ser humano. Sin embargo, es ambiguo en su estructura, pues su alma ha sido introducida a la fuerza en una entidad corpórea que no está preparada para recibirla.  Con todo, hay en él un indeleble rastro de humanidad. El homúnculo tiene una sed imperiosa por sus orígenes, y no descansará hasta encontrarlos. Tampoco tiene un nombre primigenio. Por eso, sólo obedece a sí mismo, al menos hasta el momento en que es bautizado y sometido a los deseos y proyectos de aquel que lo rescató de entre los muertos.

lunes, 4 de octubre de 2010

La Encina del Ahorcado (Fragmento)

Tragedy, by hrcM

La noticia de que un duelo tendría lugar en la Encina del Ahorcado corrió como reguero de pólvora en cada rincón de Melnor. Esto, desde luego, no se debía a que a alguien pudieran importarle las rencillas de dos niños del barrio alto, sino al lugar mismo en el que se suscitarían los hechos. La Encina del Ahorcado tenía una reputación siniestra, que iba mucho más allá del mero nombre. En otro tiempo, había sido escenario de los más espantosos eventos.

Una mañana de invierno, un joven pintor había subido hasta el mirador para hacer algunos bocetos de los terrenos que se abrían hacia el sur de la isla. Entonces, una vez que se instaló cómodamente a los pies de una añosa y frondosa encina que allí había, vio que una bota colgaba justo por encima de su cabeza. Al alzar la vista, tieso y teñido de azul, estaba el cadáver del viejo Abelardo Monlard, el molinero del pueblo, colgando firmemente de la rama más alta y resistente del tronco.

El alcaide y sus hombres no tardaron en aislar la escena del hallazgo. Se puso a un guardia a cada flanco del cerro, para evitar que los curiosos se inmiscuyeran y entorpecieran la investigación. Sin embargo, no bien corrió la terrible noticia (pues el señor Monlard era muy querido en la vecindad), el cerro se llenó de una multitud horrorizada, que quería ver al fiambre con sus propios ojos. Simplemente se rehusaban a creerlo. Un viejecillo tan apacible, cansino y venerable como él… ¿Por qué? ¿Qué oscuros secretos podía esconder aquella mirada gélida, de un celeste polar, que siempre lucía más ligera y libre que el viento?

Las malas lenguas no tardaron en hacer notar sus apreciaciones. Hubo rumores sobre su esposa, un hijo no reconocido, deudas y tratos con prestamistas abusivos a causa del juego. A falta de otras pistas a las cuales ampararse los conspiradores de siempre acabaron sosteniendo que Abelardo Monlard se había visto forzado a acabar sus días para huir de las presiones de la mafia que operaba secretamente en Grendel, un pueblo del norte de la isla que él visitaba mucho y del que se decían toda clase de cosas.

Sin embargo, la tesis del suicidio dejó una multitud de cabos desatados. En primer lugar, no se había encontrado un taburete bajo el occiso, ni ningún dispositivo que le hubiera permitido ponerse de pie antes de echarse el lazo al cuello. Por otra parte, cuando los hombres del alcaide examinaron el cadáver, descubrieron que, sobre la marca de la soga, había otra mucho más tenue: un corte fino, hecho con maestría, abriendo un surco en la arteria yugular de la víctima. Estaba claro. El hombre había muerto desangrado, probablemente en un lugar lejano a la encina —tal vez en su propia casa—, y había sido llevado al cerro y colgado con posterioridad. Eso explicaba las discordancias en la data de muerte y el hecho incomprensible de una precipitada acción autodestructiva.

Hubo mucho que decir respecto a la muerte del viejo y querido señor Monlard. Como de costumbre, las posadas de los alrededores tuvieron su tiempo de bonanza gracias a la tragedia. En la venta de Un Clavo saca Otro Clavo, por ejemplo, se vendieron toneles y toneles de cerveza. Los viernes, el local organizaba una competición de conspiradores, todos los cuales, por supuesto, bebían y comentaban una y otra vez los pormenores de la muerte del molinero. La mejor historia o la teoría más sugestiva, se llevaba de premio un enorme barril de cerveza, un enorme trozo de carne, o la invitación de la casa a una suculenta cena familiar.

Pronto la conmoción pasó y todos olvidaron al simpático anciano de los ojos polares. Las especulaciones cesaron, dejando una historia muy retorcida detrás, y todos volvieron a sus ocupaciones habituales.

Así fue, hasta el incidente en el camino del juncal.

Por causa o azar, el mismo pintor que hubiera descubierto el cadáver del señor Monlard, venía una tarde avanzando hacia Melnor por la vieja entrada, atravesando una landa de pastos altos y juncos que se perdían en la distancia. Era una tarde serena. La luz iba en declive, pero aún estaba lo suficientemente claro para tomar un par de notas sobre el paisaje. El artista hizo unos trazos rápidos del juncal. No le importaba demasiado y, de todas maneras, sólo se trataba de un montón de pasto, muy fácil de improvisar después. Por el contrario, dedicó su atención a la tétrica y destartalada figura del molino de viento que se recortaba contra el fondo.

De pronto, el hombre oyó un quejido en la distancia. Al principio, sonó como el grito de una mujer de edad, la queja de alguien que llora, ahogándose en la desesperación, o el áspero sonido de un aspa oxidada. Dejando de inmediato sus utensilios a un lado, el dibujante alzó la vista e inmediatamente centró su atención en la techumbre del molino. Las alas habían empezado a girar de manera errática, primero en sentido del reloj y luego al revés, al compás de un viento imperceptible.

Entonces, mientras, azorado y presa de la fascinación, el testigo contemplaba la danza fantasmal del monumental esqueleto y uno recuerdo de la potestad de Abelardo Monlard, un resplandor verdoso y amarillo emanó desde el fondo del juncal, encendiendo llamas que ardían sin consumirse, trazando en medio del perímetro la forma de un hombre ahorcado en un árbol.

Aquella noche, la historia interminable había regresado. Estaba más claro que nunca. Abelardo Monlard estaba pateando con fuerza la tapa de la tumba.

EDdE, Cp 2 Duelo en la Encina del Ahorcado

domingo, 3 de octubre de 2010

Las Cloacas de Locknor (Fragmento)

Sewer, by VanderHuge (deviantart)
Echaron un rápido vistazo a cada una de las cinco alternativas que tenían al frente: todos los caminos se veían igualmente sucios y poco confiables, siniestros y desagradables al olfato. Sin embargo, el único de ellos que les permitía seguir avanzando era el del medio. Los cuatro adyacentes acababan rápidamente en paredes cubiertas de algas, limos y colonias de hongos, en depósitos de excrecencias y súbitas caídas que llevaban a viejos canales en desuso.

A poco andar, los mellizos descubrieron que sería imposible seguir sin ensuciarse. Tras atravesar el corredor, salieron a un espacio abierto sobre el cual flotaba una densa nube de amoniaco mezclado con otras pestilencias. Entre arcadas, Alanis alzó la vista y descubrió un sinnúmero de escotillas que se abrían desde las paredes, flanqueadas por faroles que exhalaban tétricas luces verdes y amarillas, encapsuladas en frascos de granalita . Las aberturas vomitaban continuamente el flujo de inmundicia que circulaba por los canales subterráneos de cada uno de los hogares de Locknor, transportando los desechos de herreros, peones, diplomáticos y gobernadores, formando una laguna repugnante. La única posibilidad de llegar al otro lado de aquella suerte de anfiteatro era a través del cenagal artificial que se había formado tras años y años de desperdicios humanos.

—No esperes que ponga un pie en esa cosa—dijo Maranie.

Alanis no tuvo más remedio que cargar a su hermana sobre sus hombros. Después de comprobar la profundidad del depósito —el agua le llegó hasta un poco más arriba de las rodillas—, se inclinó en el borde de la alberca, con ambas manos hacia atrás, para recibir a la joven, que se abrazó firmemente a su cuello. Después, no sin cierta dificultad, descendió hasta tocar fondo, se armó de fuerza y paciencia y siguió adelante, aunque a paso de tortuga. Pese a que Maranie era ligera como una sílfide, la peste de cien años que reinaba en el lugar intervenía continuamente con la tarea. Los constantes accesos de náusea lo hacían trastabillar. El miedo siempre presente de encontrar un súbito descenso en el trazado del terreno entorpecía cada uno de sus intentos por ir más allá. Pronto, la falta de aire fresco también comenzó a jugarle en contra. Cada vez que se desviaba para uno u otro lado, veía llamas que engendraban pesadillas y rostros fantasmales en los rincones más oscuros. Casi creía que podía escuchar las voces de espíritus penitentes, llamándolo por un nombre que no era el suyo, pero que le pertenecía tanto como su Destino.

Al fin, llegaron hasta el otro extremo de la alberca. Allí, después de dejar a la muchacha en un lugar seguro, Alanis se rindió ante la sombra de una puerta cerrada.

EdDE I, Cp. IX La Reliquia del Viejo Monasterio

domingo, 29 de noviembre de 2009

Mala Luz


Willabeth, by Fhrankee

Un fragmento más del turbio cuento de hadas que ha estado cocinándose en mi cabeza durante estas semanas.

Mala Luz era una joven menuda y hermosa. Su piel, blanca y lechosa como el empedrado de estrellas que coronaba el reino, olía a frutillas y a nísperos jugosos. Era una niña pequeña de talla, de miembros ágiles y mirada presta. Había mucho de un hada salvaje en sus movimientos, en su ropa ligera y en sus ojos indómitos. El semblante era áspero, como hojas de otoño crujiendo bajo el pie, pero agudo como ojo de lince. Era, a su manera, la reina de toda esa comarca. Quizás —sólo quizás— no había otra mujer que fuera absolutamente inmune a las lisonjas y fatuas pretensiones de las Luciérnagas.

Un domingo de fiesta, meses después de la desaparición de Canassin, decidió que saldría a pasear con aquel vestido de linos invernales. Como un terso eco de la última estación, era fresco y agradable para caminar en los albores de la primavera. A Mala Luz le encantaba detenerse a observar con disimulada atención el efecto que sus ropas causaban en quienes se detenían a mirarla. Si había algo que causaba placer a la niña era imaginarse a sí misma como una aparición hermosa y terrible, fascinante y horrible a la vez. Una vez, cuando niña, había oído hablar de los fuegos fatuos, aquellas almas traviesas que pululaban en las fétidas landas del otro lado de Linde, cerca del río. La leyenda decía que eran despojos errantes de humanidad, niños sin bautismo cuyo horror natal los había alejado de la piedad del paraíso, doncellas suicidas, príncipes ilusos ahogados en quimeras y viajeros incautos. A ella le gustaba imaginar que era una de aquellas tétricas emanaciones de hastío, fantasma nacido para extraviar y jamás ser extraviada. Y muchos se habían perdido por ella. El embrujo de la Mala Luz era de sobra conocido por las comadres de toda la comarca. A todo viajero se le ponía siempre a buen recaudo de sus terribles encantos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

La Luciérnaga


Fairy-tale Endings, by scarlet-dragonchild

Que los cuentos de hadas son cosas de niños es una idea de años pretéritos que tiene que morir ya. Para combatir esa enfermedad intelectual y vital del ser humano, los dejo con las líneas que abren mi próxima novela: un cuento de hadas de vieja escuela, turbio, oscuro, inquietante y extraño. La imagen elegida (terrible) acompaña plenamente el espíritu de esta tétrica historia de fuegos fatuos y linternas fantasmales.


Había una vez un hombre joven y de hermosa apostura que pertenecía al Gremio de las Luciérnagas. Era un artesano hábil y de renombrado talento para forjar ornamentos en hierro y metales preciosos. Tenía una mano firme y audaz, que, si bien era voluminosa y varonil, no estaba exenta de la gracia del artista; a pesar de su tamaño, era capaz de proezas extraordinarias con las herramientas de la forja y los delicados instrumentos con los que revestía de vida hasta al más tosco pedazo de hojalata. Cada una de sus creaciones era por sí misma una obra de arte, aunque una obra de arte incompleta hasta que una llama la coronaba con su luz. Ninguno de sus candelabros, lamparillas o linternas estaba vivo hasta infundirse del espíritu ajeno que viniera a llenar el sombrío habitáculo de metal que cobijaba el corazón del artefacto. Maestro como era en su arte, el vendedor de lámparas era incapaz de encender una llama a la mera orden de sus designios.

La fama de este hombre, sin embargo, trascendía lo meramente artesanal. Era, fiel a la marca de su gremio, un genio de las luces y los trucos. Sabía mentir muy bien y la mentira en si misma se le daba con la elegancia suficiente para transmitir el brillo de sus propias creaciones a la penetrante fuente de cristal de su mirada. Así, a medio camino entre la plaza, la herrería y su propio taller, el vendedor de lámparas acaparaba miradas y suspiros. Toda niña en la que el fijaba o estuviera destinado a fijar su atención, sabía (acaso, desde el misterioso instante de su concepción) que estaba condenada a errar en los enceguecedores parajes de sus encantos y promesas. En su voz había algo de mando, y, no obstante, de delicadeza. El encanto que producía cada uno de los sonidos que acompañaba a su respiración profunda y lozana era como el resplandor enceguecedor del sol, el fuego que atraía al corazón y que luego, en un abrir y cerrar de ojos, carbonizaba hasta el último resquicio de alma. Tal era el cuadro general que un viajero cualquiera habría podido oír de este hombre en una venta de los alrededores o una posada de los caminos circundantes. Donde él ponía el ojo, ahí ardía la llama. Y, una vez que el daño estaba hecho, ya no había nada más que hacer, salvo encender velas a la orilla del río, y rogar por las almas de las pobres doncellas que habían sucumbido a sus encantos.

domingo, 2 de agosto de 2009

El Destino




Imagen by pediophobia (deviantart)

...A ella nadie la recordaría por cerrar el alhajero que se llevaba a la tumba un fragmento de su propia unidad. El Hallazgo estaba condenado a morir en un secreto. Era el secreto de toda mujer.

Era el Destino.

Quizás. Tal vez. Acaso, algún día volvería por él, pensó. Sí, tal vez así sería. Al final, como decía el mito, quedaba la esperanza. Dormida y abrigada en un remanso perdido en la solitaria vastedad de un campo en medio de mayo, esperaría y echaría raíces. El día que ella volviese se transformaría en un cedro, o en un árbol sagrado bajo cuya enseña ella edificaría su reino.

Schmetterlinge, cap. IX, "Dolores de Parto", p.56