El interés masivo en el rescate de Los Treinta y Tres de Atacama sugiere muchas cosas: (i) que el morbo de la población es insaciable, (ii) que Chile, más que con el mar, tiene muchas deudas pendientes con su suelo, (iii) que The Truman Show es profética, o, (iv) que unas supuestas fuerzas oscuras del catolocismo conservador orquestaron una tragedia con matices simbólicos, o, (v) que, pese a que Dios en verdad es misterioso, sus caminos torcidos siempre acaban bien.
Más allá de si una o más de una de las proposiciones es o no fruto del delirio personal o colectivo, el rescate de los mineros, el tremendo despliegue periodístico involucrado, el interés suscitado en el mundo y todo lo demás, vino a poner sobre la mesa, a mi parecer, un punto clave para quien escribe fantasía: la necesidad imperiosa y tan innegablemente humana del final feliz.Dejando de lado el corrosivo cinismo del mundo contemporáneo, reflejado hasta el cansancio en todos los medios de expresión, muy en el fondo, a todos nos gusta pensar que es posible que las cosas terminen bien. A pesar de que hoy es políticamente correcto, por ejemplo, escribir libros con finales abiertos, que no dejen cabos atados, o que abrirse a la posibilidad que la vida tiene matices (porque de que los tiene, los tiene), cuestionar el absolutismo del Bien (o del Mal), hay una pequeña recámara en nuestro, muchas veces, malogrado corazón, que anhela eso que Tolkien llamara la eucatástrofe: el giro inesperado que se opone a la derrota universal, y que, en el contexto de los cuentos de hadas ha sido tan duramente cuestionado por la aparente realidad. Cada uno de esos hombres es un golpe en la cara al pesimismo del mundo de hoy, y eso la gente común lo sabe. Por eso, se pegó como mosca a la pantalla del televisor. Estamos ávidos de grandes alegrías. Que lástima, eso si, que no seamos capaces de buscarlas en otro sitio que no sea la caja maldita. Hay mucho en la vida por lo cual sentirnos menos miserables.


