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jueves, 11 de noviembre de 2010

La Hiladora

La  Hiladora es un complejo entramado de placas de cobre, estaño y terminales de oro, en cuyo recipiente más íntimo están contenidas, encerradas en relojes que no marcan la hora, las tres energías que alimentan las ruedas del Destino. Cada recipiente, a su vez, está conectado a un depurador, que alimenta a los espíritus con éter sintetizado, manteniéndolos vivos y en funcionamiento. Todo esto es posible gracias a una caldera que produce enormes cantidades de energía térmica, la cual circula en forma de vapor saturado  a través de un intrincado sistema de válvulas y venas de materiales de artificio.

La cámara de confinación de La Hiladora fue diseñada por Pólux Athelstand a principios de la cuarta década posterior a la caída de Mederlich y sus hijos, después de que estos últimos dieran muerte a las tres diosas del destino y quemaran hasta sus cenizas el bosque de Grievengrowth. Athelstand, cuya vida había sido bendecida por Clothos, la dadora de nombres e hiladora del hado, prometió a su diosa patrona —cuando ésta se hallaba herida de muerte—, que encontraría una manera de traerla a ella y a sus hermanas de vuelta del Éter. A este punto, se rumorea que los primeros intentos del inventor por cumplir su juramento lo llevaron a la práctica del tabú de la sintaxis humana, empresa que evidentemente se vio fallida por el pobre estado de la teoría y por el rechazo generalizado de la comunidad de alquimistas y cultores de la magia. Los registros mismos de la vida de Athelstand señalan que fue dos veces llevado a juicio, siendo la primera de estas instancias por la generación espontánea de un homúnculo de tres cabezas que estalló dentro de su atanor matando a una decena de personas. La segunda vez, los cargos presentados en contra del científico fueron interpuestos por una influyente firma de sepultureros que declaró haber sorprendido al hombre profanando tumbas en busca de estructuras óseas y tejido en buen estado.  Según consta en su biografía no autorizada, esta denuncia nació a raíz de un segundo intento por construir una morada corpórea para las tres parcas, fundamentada en los dudosos procesos del galvanismo.

La Hiladora nació como el último intento por cumplir su promesa. Un Athelstand ya viejo (y algo chalado) dedicó los últimos seis inviernos de su vida al diseño e implementación del primero ordenador de datos de la historia. Como toda maquinaria del periodo, se convirtió en una central de procesamiento sumamente barroca, muy poco funcional y, para remate, sumamente inestable.  Durante los primeros años, no fue más que una sórdida prisión de hierro para el espíritu de las tres parcas —Clotho, que hila la vida, Lacusia, que mide el largo del filamento y Atrophis, la implacable, que lo corta a su debido tiempo—, que fue regresado a la tierra mediante procesos que, hasta el día de hoy, siguen rebanándole los sesos a quienes estudian la conductividad de planos. El hecho de que las diosas no pudieran comunicarse con el exterior fue la última gran crisis que la mente tras La Hiladora tuvo que sortear antes de su muerte. Irónicamente, Atrophis en persona no le concedió el tiempo suficiente para hacerlo. Solo cien años más tarde, bajo el paradigma de la alquimia generativa, lograría implantarse en su funcionamiento el sistema de placas transformacionales primarias, cada una con la información necesaria para que las parcas pudieran producir enunciados ilimitados a base de un conjunto reducido de reglas recursivas.  Hoy por hoy, el paradero de La Hiladora es desconocido. Pero el hecho de que esté escribiendo esto es la prueba irrefutable de que las tres diosas del Destino siguen influyendo en el curso de las vidas de los mortales.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La Venganza del Viejo Reloj de Bolsillo

Todas las mañanas, el reloj despertador del señor Hamilton tocaba a las seis y media. Aquel día no fue la excepción.  El viejo inventor había puesto especial cuidado en no quedarse dormido, puesto que durante la mañana se había comprometido a entregar una orden completa de relojes digitales para una famosa firma japonesa..




Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, el señor Yoshimoto salía del suntuoso hotel donde hubiera pasado la noche. Solo, se subió a la limusina que hubieran dispuesto para él antes de la salida del sol. Entonces, le pidió al chofer que lo llevara a cierto lugar en los suburbios.

A la par que esto sucedía, el señor Hamilton terminaba de darse una ducha apresurada. Justo al salir de la ducha, su reloj digital volvió a sonar. Había olvidado desconectar la alarma.

Al apurarse para remediar su error, tropezó con un patín que su hijo hubiera dejado en el pasillo, dándose de lleno en el mentón y quedando temporalmente sin respiración. Las cosas habían empezado mal. Muy mal.

El coche del señor Yoshimoto estaba estancado en el peor atiborramiento de automóviles de la mañana. Cada vez que miraba su reloj digital se acrecentaba en él la idea de una catástrofe.

Cuando el señor Hamilton abrió la puerta, media hora más tarde, el señor Yoshimoto estaba bajándose del automóvil. Entonces, intercambiaron unas pocas palabras corteses en inglés, al tiempo que el anfitrión bajaba a buscarlo y le invitaba a pasar.

Durante el resto del día, se dedicaron a discutir perspectivas comerciales, campañas agresivas para fomentar la compra de relojes digitales, plantear estrategias basadas en grupos de foco y otras tonterías. La hora se les pasó volando. Ambos eran hombres muy ambiciosos. Todo concluyó, felizmente al parecer, cuando Yoshimoto le preguntó al inventor si sus relojes podían producirse al por mayor. Hamilton, por supuesto, asintió. Podía tener quinientos de ellos en un día, si tal era su deseo. Y a la gente le encantarían, porque no había que darles cuerda. Funcionaban con electricidad.

Entonces, justo cuando el empresario y el científico se aprestaban a firmar el contrato, el ruido de una tormenta ambulante los hizo levantarse bruscamente de sus asientos. Acto seguido, mientras los adornos de la casa comenzaban a vibrar y a estrellarse contra el suelo, Hamilton corrió hacia la ventana, y miró a través de las persianas.  Allá lejos, en la línea del horizonte, vio algo que lo dejó sin aliento. Como una calamidad imparable, gigantesca y voraz como un huracán, venía  rodando una esfera de metal formada a base de cientos de miles de placas de hierro y engranajes que giraban a la vista, aplastando todas las casas y calles del vecindario.

Las palabras de un viejo enemigo resonaron en su mente: “Algún día vas a lamentarlo, desgraciado”
El viejo inventor se quedó absorto en la contemplación del inconmensurable monstruo de hojalata, hasta que la sombra del descomunal reloj de bolsillo se dejó caer sobre su casa.

Al ver que estaba a un paso de la muerte, el señor Yoshimoto salió corriendo justo a tiempo. Pero Hamilton no corrió la misma suerte. Fue aplastado con casa, carga de relojes digitales y todo. Y así fue como en el mundo nunca volvió a saberse jamás de aquellas infernales invenciones. 

sábado, 14 de agosto de 2010

La Desolación


El niño cruza el campo marchito. Lleva a rastras una capa hecha girones, una espada mellada y botas con agujeros en las puntas. El frío del lodazal engendra pesadillas viscosas entre sus dedos, cansados de la insolente vastedad de la llanura.

Avanza. Sus pasos son lentos, trabajosos. Cada uno se lleva más de sí que el anterior. La travesía ha drenado hasta el último ápice de sus fuerzas. El dolor de las ampollas a penas lo deja avanzar sin preguntarse hasta cuándo tendrá que soportar. Rodeado por los muertos —los innumerables restos de la Gran Batalla—, aquel que fue su único sobreviviente, fatigado, entumido y muerto de miedo, avanza bajo un cielo sin estrellas. Una manta de hollín es lo único que se atisba en el horizonte, tras una empinada sierra de gargantas negras. Los humos de la guerra trascienden lo que sus ojos ven y lo que su imaginación puede enhebrar. El desastre es vasto. Tremendo. Inimaginable. De pronto, la tierra se convirtió en el mundo engendrado por un corazón enloquecido, el paraíso de los dioses del odio. No había quedado un solo árbol en pie, ni un lugar con recuerdos frente al cual detenerse una última vez, para decir adiós. Sólo una enorme pila de cadáveres ardiendo en el silencio que les deja el olvido. Sólo eso, y un niño abriéndose paso, lentamente, a través de las entrañas de la desolación.

miércoles, 16 de junio de 2010

The Second Sin


My family is proud and ancient. Our name is written in the hall of fame of heaven. Each offspring of the Alraun clan has been a beacon of hope for the world. The history of my kin has been written with the blood of the greatest warriors, the finest craftsmen, the most inspired poets and the boldest travellers. We are part of the fated victory of light against darkness.

And yet, I have failed. I have stained the roots of my bloodline. I have seen what must not be seen, desired what must not been desired. I am cursed. The deeds of my heart shall bring us to an end.

For how—how can I refuse to see her? How can I banish her from my thoughts? The night was created, above all, to praise her face in the moonlight. God’s plan was made to lead all men towards her insurmountable beauty. She is the beginning and the end, the path by which we all shall be saved. And still, she is indomitable as a tempest; her eyes mirror the power of lightning; her flesh awakens the dark pulses of my mind. O, Acacia, lovely Acacia, the tree that cannot be touched. Your name is full with my destiny. My days are full of reveries, my nights crowded with nightmares of you and me together in the meadows. Why, in the name of God, were you born to be my sister?

I must find a cure for this disease. I cannot disrupt the divine plan with these sinful fantasies. I shall seclude myself for the rest of my days. No one shall hear my name again, not beyond the walls of Blackmound Abbey. There I shall, in silent prayer, slay the demons that have tainted the mighty name of my kin. There I shall, in close communion with God, bring this horrible curse to an end.